Cuando terminé el equivalente español al antiguo C.O.U., me quedó Literatura, así que cuando en la siguiente convocatoria la aprobé ya me había quedado sin plaza para cursar la carrera de Historia que era la que quería estudiar.Plantearme un año sin hacer nada no iba conmigo, así que decidí, venir a España, a
conocer a mis abuelos y demás familia. No tenía novio, nunca tuve novio en Montevideo, algún amigo, algún besito, pero enseguida me cansaban y pronto les encontraba multitud de defectos, así que tampoco sentimentalmente me sentía atada.En mi casa mi decisión cayó
como una bomba, mis padres no tenían más hijos que mi hermano de 11 años y yo que tenía 18. Todo el mundo intentó convencerme para que me quedase, pero la inconsciencia propia de la edad y mi tozudez convirtieron ese deseo en algo imposible de cumplirse. Fue un drama, mi madre se desmayó en el aeropuerto, pero yo me fui tan alegremente.Mi billete era de ida y vuelta. No sabía muy bien lo que iba a hacer, pero quería probarme. A los cuatro días de llegar me puse a trabajar.
Esto me horrorizaba, la gente en general me parecía poco amable, poco culta, poco simpática, poco cariñosa y fea. A Coruña me parecía un pueblo, constantemente me parecía que no salía del mismo cuadrado, la veía como una ciudad demasiado pequeña y con pocas opciones en todos los sentidos.
¡¡Claro que cuando pasaron los dos meses y tenía que hacer uso de mi billete de vuelta me hubiese ido caminando, no había nada que me hubiese apetecido más!! Extrañaba tanto, tanto, tanto que no me llegarían mil blogs para explicarlo, tantas noches lloré encima de la almohada que no recuerdo cuando dejé de hacerlo. Extrañaba a mis padres, a mi hermano, a mi familia, a mis amigos. Extrañaba mi casa, mis cosas, los mimos que allí me proporcionaban todo el mundo. Allí yo era Isa con mayúsculas, aquí una perfecta desconocida incluso para esta nueva familia que acababa de conocer. Pero mi orgullo era en aquél entonces tan fuerte que cualquier cosa antes de dar un paso atrás y me quedé. Mis padres vendieron todo y se vinieron con mi hermano cuando yo ya llevaba un año aquí. Llegaron justo para asistir a mi boda, sí, como extrañaba
tanto todo decidí casarme con alguien que pasaba cerca y me lo pidió. Ese fue el precio mayor que pagué por la emigración y tardé muchos años en rectificar el error. Cuando se es tan joven, se está tan segura de todo como yo lo estaba, se es tan soberbia y petulante, es fácil que uno se estrelle en algún momento, yo lo hice varias veces a lo largo de mi vida, aunque el golpe más fuerte me lo llevé cuando me casé.He vuelto a Montevideo, he
restañado heridas, me he congraciado y perdonado a mi misma y he concluido que ya no es el país donde quiero vivir. Mi recuerdo es perfecto porque está suscrito a aquellos maravillosos años que embellecen mi vida, pero si de algo estoy segura es que lo que soy es gracias a las semillas sembradas en mis años montevideanos. He trasladado costumbres uruguayas a mi vida coruñesa y no solo culinarias, que también, muchas otras que son imperceptibles, pero de las que soy consciente ennoblecen mi personalidad. En esas mismas costumbres he criado a mis hijos y hoy en día que ya viven independientes las siguen al pie de la letra. Ya hace muchos años que no tengo acento uruguayo, pero cuando escribo a mis primos y me suelto la melena, escribo “uruguayo” con gran fluidez.
Ahora este lugar en el que vivo ha ido creciendo a medida que
yo también lo fui haciendo, y ya es mi casa, mi lugar, mi hermoso rincón del mundo.







































